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lunes, 24 de agosto de 2009

Ahora vuelo tan rápido

Ahora vuelo tan rápido
que bastaría que rozara con la uña
una cabeza de alfiler
para estallar en mil pedazos.

Antes prefería volar lento
y bajo
Pasaba sobre las copas de los árboles
y veía a mi padre y a mi abuelo conversando.

Yo pasaba con miedo de que me vieran.
Pero nunca levantaban la cabeza.


Héctor Viel Temperley, Humanae Vitae Mia, 1969.


Hay unos sauces quietos

Hay unos sauces quietos
como yo,
desde hace horas.

Pero las hojas de un olmo
-como por un hilo
unidas al olmo
y, sin embargo,
toda la luz del olmo-
se conmueven y brillan
en cuanto sopla el aire.

Sin tocar con sus hojas
ni molestar a nadie,
un único olmo se estremece y baila
por el hombre y los sauces,
quietos desde hace horas.

Héctor Viel Temperley, Humanae Vitae Mia, 1969

Febrero

Desde que me quitaste
tu casa,
sin saber qué quitabas,
siento volar las águilas.

Yo he quedado sordo.
Miro sordo la calle.
Una mariposa que pasó
ya una vez.
Un pedazo de azul
sin ningún viento.

Por tus canillas doradas
no arroja más
el mar su sal.
No se dónde orinar
sin tu encrespado espejo
delante de mi cuerpo.

Cada día un corpiño
tuyo
se lava y seca.
Sé que gotea poco
porque es fuerte febrero.

 

Héctor Viel Temperley, FEBRERO 72 FEBRERO 73 (1973)

Mi caballo es oscuro

Voy, ángel de mi tiempo, a más de cientro treinta,
camino a un monasterio o a un lugar en la tierra.
para ir hacia la muerte, derecho y detonante,
mi caballo es ocuro como buque de guerra.


Su gris es más hermoso cuando viene tormenta.
De vuelta de nadar, más oscuro que el cielo
lo he visto entre los pastos, con resplandor de espada,
lavado por la luz o por mil marineros.

Si muriera esta tarde en la mitad del campo,
si hubiera que venderlo, me dolería el alma.
Yo, en cambio, si muriera, recibiría todo
lo mejor de esta tierra, oraciones y lágrimas.

Como hombre de mi tiempo yo le canto a esta máquina.
De vuelta de nadar, ya encima la tormenta,
la he visto en lo más alto de mis días felices.
Tiene ese gris oscuro de los buques de guerra.

Héctor Viel Temperley, El Nadador, 1967

Señor, estoy cansado

Señor, estoy cansado.
Que me hablen solamente
de lejos y con banderas,
como a barco apestado.

Héctor Viel Temperley, Humanae Vitae Mia, 1969

Suavemente como se apoya la flecha

Suavemente como se apoya la flecha
en la cuerda del arco,
apoya en mi pecho
un pezón de tu pecho.

Héctor Viel Temperley, Humanae Vitae Mia, 1969

Bajo las estrellas del invierno

La liebre que una vez que yo miraba
atardecer -volaban los chimangos!-
salió del sol y se sentó a mirarme

El pájaro que una mañana
se posó exactamente sobre mi corazón
a una hora en que su cuerpo todavía
calentaba la piel más que el sol

El pene entre mis dedos de ese enfermo
al que ayudé a orinar mientras marchábamos
lentamente una noche a un hospital
cruzando playas de estacionamiento

La perra que buscaba a mi pene en la sombra 
cada vez que salía para orinar desnudo
mirando las estrellas del invierno
antes de regresar corriendo hasta el colchón
iluminado por el fuego que ardía toda la noche
en los troncos que hachaba con mi hacha todo el día

La mujer que pedía serenamente auxilio
agitando los brazos y volviendo a nadar
en las primeras horas de una tarde pesada
en que yo con el pan en el estómago
no encontraba a otro hombre en las orillas

Y todos los metros que nadé por el mar
sin ver jamás a la terrible aleta
Y mi alegría de noche en las ramas de un árbol
oyendo tangos en mi adolescencia
Y mis siestas sentado junto al cajón de un muerto
descansando en la digna frescura de una bóveda
del verano porteño que nos había humillado

Hablo de todas las horas y de todos los días
y de todas las estaciones y de todos los años

Pero la liebre que una vez que estaba solo
se ubicó exactamente entre el sol y mis ojos
guardando exactamente la distancia
que guarda un ángel que visita a un hombre…

Y el pájaro que un día
se posó exactamente sobre mi corazón
lo que es igual a recibir de un golpe
el propio corazón en el lugar exacto
el único lugar del universo
donde es una victoria recibirlo…

Y la perra que se acercaba agitando la cola
cada vez que volvíamos a encontrarnos desnudos
y solos bajo el cielo del oeste…


En fin…
Brillan los miles de ojos que me miran
Brillan las estrellas del oeste en invierno
Sobre la borda del colchón iluminada por las llamas
me siento arreglo el fuego
leo diarios viejos mientras mi sombra crece

Son las tres de la tarde en el reloj
que después del almuerzo se detiene
La noche es larga
Toda la noche sopla el viento
Mi muslo brilla con la saliva de la perra
o entre las piernas de una mujer de buen carácter
desnuda alegre dormida satisfecha
Vuelvo a despertarme cuando quiero
Vuelo a salir al frío y a orinar nuevamente
porque estas noches bebo mucha agua
El fuego hace sudar al que lo cuida


En fin…
Hice orinar a un hombre
Salvé del mar a una mujer lejana
Y sé que puedo recordar algunos otros
actos de más amor de más coraje

En fin…
Pienso en todas las horas pienso en todos los días
pienso en todos los años sin encontrar mi imagen

Pero una liebre un pájaro una perra
me miraron a los ojos al corazón al sexo
como creo que sólo me miró también el mar
una madrugada de verano en que vagaba
con una pistola en el puño sin tener dónde afeitarme


Héctor Viel Temperley, Legión Extranjera, 1978.