Mostrando entradas con la etiqueta Robert Frost. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Robert Frost. Mostrar todas las entradas

lunes, 24 de agosto de 2009

Entierro en casa

La vio desde el pie de la escalera
Antes de que ella lo viera. Ella empezaba a bajar
Volviendo hacia atrás la cabeza para mirar algo que le daba miedo.
Dio un paso titubeante y luego otro, hacia atrás,
Para empinarse y volver a mirar. Él le habló,
Adelantándose: “Qué es lo que ves
Siempre desde ahí arriba? Quiero saberlo”.
Ella giró y cayó sobre sus enaguas al oírle decir eso
Y su cara del terror pasó al embotamiento.
Para ganar tiempo, el volvió a preguntar: “¿Qué es lo que ves?”
Subiendo hasta que ella quedó junto a sus pies.
“Ahora lo voy a averiguar. Tienes que decírmelo, querida”.
Ella, sin moverse, le negaba toda ayuda,
Con un mínimo de rigidez en el cuello y el silencio.
Le dejó mirar, segura de que no vería nada,
Pobre ciego; y por un momento, nada vio.
Pero al fin murmuró”Oh” y, de nuevo, “Oh”.
“¿Qué es eso? ¿Qué?” –ella le preguntó.
“Nada más que lo que veo”.
“No ves nada” –lo contradijo. “Dime qué es lo que ves”.
“Lo asombroso es que no lo vi enseguida.
Nunca lo había notado antes, desde aquí.
Debo haberme acostumbrado: esa es la causa.
¡El pequeño cementerio donde los míos están!
Tan chico que la ventana lo enmarca en su totalidad.
No es mucho más grande que un dormitorio, ¿verdad?
Hay tres lápidas de pizarra y una de mármol,
Lajas chicas pero de hombros altos, ahí al sol,
En la ladera de la montaña. No tenemos que preocuparnos por ellas.
Pero, comprendo: no se trata de las lápidas
Sino del túmulo del niño…”
“Basta, basta, basta” –
ella le gritó.
Y le esquivó, encogiéndose para escapar de su brazo
Que descansaba sobre la baranda, y se deslizó escaleras abajo;
Y se volvió hacia él con una mirada tan intimidante
Que le hizo decir dos veces antes de recobrar su aplomo:
“¿Acaso un hombre no puede hablar de su propio hijo muerto?”
“¡Tú no! ¡Ay! Dónde está mi sombrero. ¡Oh! ¡No me hace falta!
Tengo que salir de aquí. Tengo que tomar un poco de aire.
No sé a ciencia cierta si algún hombre puede.”.
“¡Amy! No te vayas a ver a otros con este tiempo.
Escúchame. No voy a bajar la escalera”.
Se sentó, con el mentón sostenido entre los puños.
“Hay algo que me gustaría preguntarte, amor mío”.
“Y no sabes cómo preguntármelo”.
“Ayúdame, pues”.
Por toda respuesta los dedos de ella movieron el cerrojo.
“Mis palabras resultan casi siempre ofensivas.
No sé cómo hacer para mencionar cualquier cosa
De modo que no te desagrade. Pero, podría aprenderlo,
Me lo supongo. No puedo decir que yo vea cómo.
Un hombre debe en parte renunciar a ser hombre
Con las mujeres. Podríamos hacer un arreglo,
Comprometiéndome ciegamente a no tocar
Nada especial que me quieras indicar.
Por más que no me gustan esas cosas cuando hay amor.
Dos que no se quieren no pueden vivir juntos sin ellas.
Pero dos que se quieren no pueden vivir juntos con ellas”.
Ella movió el cerrojo un poquito. “No, no te vayas.
No les vayas, esta vez, con eso a otros.
Dime si se trata de algo humano.
Déjame entrar en tus cuitas. No soy tan diferente
De los demás como parece indicarlo
Que te quede ahí, aparte. Dame mi oportunidad.
Pero creo, sí, que exageras un tanto.
Qué es lo que te llevó a pensar que correspondía
Tomar tu pérdida materna de un primer hijo
Tan inconsolablemente… frente al amor.
Parece que pensaras que su memoria pudiera quedar satisfecha…”
“¡Ya estás burlándote de mí!”
“¡Nada de eso, no!
Me empiezo a enojar. Ya bajo hacia ti.
Dios mío, qué mujer. Y que haya llegado a esto,
A que un hombre no pueda hablar de su propio hijo que se le murió”.
“No puede hacerlo porque no sabes cómo.
Si te quedara algo de sentimientos, a ti que cavaste
Con tus propias manos –¿Cómo pudiste hacerlo? – su pequeña fosa;
Te vi desde esa ventana que está ahí, ahí,
Haciendo que las piedras saltaran por el aire, más y más,
Que saltaran así, así, para caer muy suavemente
Y rodar por el montículo junto al agujero.
Me pregunté: ¿Quién es ese hombre? No te conocía.
Y me deslicé escaleras abajo y arriba
Para observar de nuevo y aún tu pala seguía en acción.
Después, entraste. Oí que sonaba tu voz retumbante,
Allá en la cocina, y no se por qué,
Pero me acerqué para ver con mis propios ojos.
Podías estarte sentado allí con los zapatos manchados
Por la tierra húmeda de la tumba de tu hijito
Y seguir hablando de tus preocupaciones de todos los días.
Habías dejado apoyada la pala contra la pared,
Allá en la entrada, porque la vi”.
“Voy a reír con la peor risa que haya reído.
Maldito estoy. Dios mío, vaya si creo que estoy maldito”.
“Puedo repetir las palabras exactas que estabas diciendo:
Tres mañanas brumosas y un día de lluvia
Harán que se pudra el mejor cedro de abedul que se pueda construir”.
¡Qué descaro! ¡Semejante tema para un momento así!
¿Qué tenía que ver lo que le lleva a un abedul pudrirse
Con lo que había en la sala a oscuras?
¡No podías preocuparte! Que los amigos más íntimos pueden ir
Con cualquiera a la muerte, se queda tan corto
Que igual podrían no tratar de ir en absoluto.
La verdad es que desde el momento que se enferma de muerte,
Se está en la soledad y se muere aún más solo.
Los amigos simulan seguir hasta la tumba,
Mas ya antes de que uno esté en ella se ponen a pensar en otra cosa
Y sacando todo el partido posible de su camino de vuelta a la vida
Y de los que han quedado vivos y de las cosas que entienden.
Pero el mundo es malvado. No he de soportar un dolor así,
Si puedo impedirlo. ¡Claro que no lo voy a soportar!”.
“Bueno, ya lo has dicho todo y te sientes mejor.
Ahora ya no vas a salir. Estás llorando. Cierra la puerta.
El corazón se ha librado de eso: ¿Para qué insistir?
¡Amy! ¡Alguien viene acercándose por el camino!”.
“Tú… ay, tú piensas que lo que se dice es todo. Tengo que salir
De esta casa, irme a otra parte. Cómo puedo hacer que tú…”
¡Si- lo-haces! Ella había abierto la puerta un poco más.
“¿A dónde te propones ir? Empieza por decírmelo.
Te seguiré y te traeré a la fuerza. ¡Lo haré…!”

Robert Frost

versión en idioma original:
http://www.bartleby.com/118/6.html


Reparación del muro

Hay algo que no siente amor por un muro,
que envía la hinchazón del suelo helado abajo
y desparrama las piedras de arriba al sol,
dejando huecos por los que hasta dos pueden pasar de frente.
El trabajo de cazadores es otra cosa:
he llegado después de ellos para arreglar los desperfectos
donde no han dejado piedra sobre piedra
porque querían que el conejo saliera de su escondite
a fin de complacer la excitada jauría. Hablo de los huecos
que nadie les vio ni les oyó hacer
pero que al llegar el tiempo de los arreglos, en primavera, ahí hallamos.
Se lo hago saber al vecino que tengo más allá de la colina;
y en un día convenido nos reunimos para recorrer el límite
y levantar, una vez más, el muro que nos separa.
Cada uno se mantiene de su lado del muro mientras avanzamos:
A cada uno las piedras que le han caído a cada uno.
Y unas son cuadradas y otras se parecen tanto a bolas
que hemos de usar un conjunto para que se estén en equilibrio:
“¡Quédate donde estás hasta que volvamos las espaldas!”
Los dedos se nos ponen ásperos, de tanto tocarlas.
¡Oh! Sólo es otra clase de juego al aire libre,
uno a cada lado. Es poco más que esto:
ahí donde está no nos hace falta el muro:
lo de él es todo pinos y lo mío, manzanos.
Le digo que mis manzanas no se van a cruzar
para engullir las piñas que hay bajo sus pinos.
Él sólo me dice: “Los buenos cercos hacen buenos vecinos”.
La Primavera es el diablo que anda en mí, y me pregunto
si podría meterle una idea en la cabeza:
“¿Por qué es que hacen buenos vecinos? ¿No es eso
donde hay vacas? Pero, aquí no las hay.
Antes de levantar un muro me gustaría saber
qué es lo que dejo de un lado y qué, lo que queda al otro,
y a quién podría ser que le causara daño.
Hay algo que no siente amor por un muro,
que quiere que caiga. Yo podría hablarle de duendes,
pero no se trata de eso, precisamente, y me gustaría más
que fuera él quien, por su parte, lo dijera. Lo veo ahí,
trayendo firmemente, agarradas de arriba, un par de piedras,
una en cada mano, como un salvaje armado de la Edad de Piedra.
Se mueve entre sombras, eso me parece,
no sólo del bosque, a la sombra de árboles.
No quiere darle vueltas al refrán de su padre.
Y prefiere, tras juzgarlo tan bueno,
decirme de nuevo: “Los buenos cercos hacen buenos vecinos”.

 Robert Frost, North of Boston, 1915.

 versión en idioma original: http://www.writing.upenn.edu/~afilreis/88/frost-mending.html