miércoles, 17 de febrero de 2010

Un bel morir...


De pie en una barca detenida en medio del río
cuyas aguas pasan en lento remolino
de lodos y raíces,
el misionero bendice la familia del cacique.
Los frutos, las joyas de cristal, los animales, la selva,
reciben los breves signos de la bienaventuranza.
Cuando descienda la mano
habré muerto en mi alcoba
cuyas ventanas vibran al paso del tranvía
y el lechero acudirá en vano por sus botellas vacías.
Para entonces quedará bien poco de nuestra historia,
algunos retratos en desorden,
unas cartas guardadas no sé donde,
lo dicho aquel día al desnudarte en el campo.
Todo irá desvaneciéndose en el olvido
y el grito de un mono,
el manar blancuzco de la savia
por la herida corteza del caucho,
el chapoteo de las aguas contra la quilla en viaje,
serán asunto más memorable que nuestros largos abrazos.


Álvaro Mutis, Los trabajos perdidos, 1965

martes, 19 de enero de 2010

Blues


Dieciocho años he pasado en Manhattan.
El casero era bueno, pero se volvió malo.
Un asqueroso, vamos. Tío, le odio.
El dinero es verde pero fluye como la sangre.

Supongo que tengo que cruzar el río.
New Jersey saluda con su brillo de azufre.
Los años contados son un mal menor.
El dinero es verde, pero no crece.+

Me llevaré mis muebles, mi viejo sofá.
¿Pero qué hago con la vista de mis ventanas?
Siento que he estado casado con ella, o algo así.
El dinero es verde, pero te pone triste.

Un cuerpo por lo general sabe adónde va.
Creo que es nuestra alma la que nos hace rezar,
aunque arriba es sólo un Boeing.
El dinero es verde y yo soy gris.

Joseph Brodsky, 1992

miércoles, 13 de enero de 2010

Desde el Tártaro


De alguna manera te gustaba mi carro
empotrado de raza negra
la manera en la que sabiendo
que no eras de este mundo te hablaba
de alguna manera se sincera te encantaba
que podía ser invisible y seguir hablándote
cantándote el buen día y las buenas noches.

Abrí las tierras para enseñarte mis jardines.
Este es el alimento de los muertos
este el amor de los muertos
aquí tu nuevo nombre
aquí tus tres meses de Reina.


Juan E. Linares

viernes, 8 de enero de 2010

Magia y felicidad

Walter Benjamin dijo una vez que la primera experiencia que el niño tiene del mundo no es que "los adultos son más fuertes, sino su incapacidad de hacer magia". La afirmación, efectuada bajo el efecto de una dosis de veinte miligramos de mescalina, no es por esto menos exacta. Es probable, en efecto, que la invencible tristeza en la cual se sumergen cada tanto los niños provenga precisamente de esta conciencia de no ser capaces de hacer magia. Aquello que podemos alcanzar a través de nuestros méritos y de nuestras fatigas no puede, de hecho, hacernos verdaderamente felices. Sólo la magia puede hacerlo. Esto no se le escapó al genio infantil de Mozart, quien en una carta a Bullinger señaló con precisión la secreta solidaridad entre magia y felicidad: "Vivir bien y vivir felices son dos cosas distintas; y la segunda, sin alguna magia, no me ocurrirá por cierto. Para que esto suceda, debería ocurrir alguna cosa verdaderamente fuera de lo natural".

Los niños, como las criaturas de las fábulas, saben perfectamente que para ser felices es preciso tener de su lado al genio de la botella, tener en casa el asno cagamonedas o la gallina de los huevos de oro. Y en cada ocasión, conocer el lugar y la fórmula vale mucho más que proponerse honestamente y dedicarse con todas las fuerzas a alcanzar un objetivo. Magia significa, precisamente, que nadie puede ser digno de la felicidad; que como sabían los antiguos, la felicidad, para el hombre, es siempre hybris, es siempre arrogancia y exceso. Pero si alguien llega a reducir la fortuna con el engaño, si la felicidad depende, no de lo que esa persona es, sino de una nuez encantada o de un ábrete-sésamo, entonces y sólo entonces puede decirse verdaderamenre feliz.

Contra esta sabiduría pueril, que afirma que la felicidad no es algo que pueda merecerse, la moral ha alzado desde siempre su objeción. y lo ha hecho con las palabras del filósofo que menos ha comprendido la diferencia entre vivir dignamente y vivir feliz. "Aquello que en ti tiende con ardor a la felicidad es la inclinación; aquello que luego somete esta inclinación a la condición de que debes ser primero digno de la felicidad es tu razón", escribe Kant. Pero con una felicidad de la cual podemos ser dignos, nosotros (o el niño que hay en nosotros) no sabemos bien qué hacer. iQué desastre si una mujer nos ama porque nos lo merecemos! ¡Yqué aburrida la felicidad como premio o recompensa por un trabajo bien hecho!

Que el vínculo que mantiene unidas la magia y la felicidad no es simplemente inmoral, que puede, más bien, dar testimonio de una ética superior, se evidencia en la antigua máxima según la cual quien se da cuenta de que está siendo feliz, ya ha dejado de serlo. Así, la felicidad tiene con su sujeto una relación paradójica. Aquel que es feliz no puede saber que lo está siendo; el sujeto de la felicidad no es un sujeto, no tiene la forma de una conciencia, aunque sea la más buena. Y aquí la magia hace valer su excepción, la única que permite a un hombre decirse y saberse feliz. Quien goza por encanto de alguna cosa, huye a la hybris implícita en la conciencia de la felicidad, porque la felicidad que sabe que está teniendo en cierto sentido no es suya. Así Júpiter, que se une a la bella Alcmena asumiendo los rasgos del consorte Anfitrión, no goza de ella como Júpiter. y mucho menos, más allá de la apariencia, como Anfitrión. Su alegría pertenece toda al encanto, y se goza concientemente y puramente sólo de aquello que se ha obtenido por las vías transversales de la magia. Sólo el encantado puede decir sonriendo: yo, y verdaderamente merecida es sólo esa felicidad que no soñaríamos con merecer. 

Es esta la razón última del precepto según el cual sobre la tierra hay una sola felicidad posible: creer en lo divino y no aspirar a alcanzarlo (una variante irónica es, en una conversación de Kafka con Janouch, la afirmación de que hay esperanza, pero no para nosotros). Esta tesis aparentemente ascética se vuelve inteligible sólo si entendemos el sentido de aquel no para nosotros. No quiere decir que la felicidad está reservada solamente a los otros (felicidad significa precisamente: para nosotros), sino que ella nos espera sólo en el punto en el cual no nos estaba destinada, en el que no era para nosotros. Es decir, por arte de magia. En ese punto, cuando se la hemos arrebarado a la suerte, ella coincide enteramente con el hecho de sabernos capaces de magia, con el gesto por el cual alejamos de una vez por todas la tristeza infantil.

Si es así, si no hay otra felicidad que sentirse capaces de magia, entonces se vuelve transparente también la enigmática definición que de la magia dio Kafka, cuando escribió que si se llama a la vida con el nombre justo, ella viene, porque "esta es la esencia de la magia: que no crea, pero llama". Esta definición está de acuerdo con la antigua tradición, que cabalistas y nigromantes han seguido escrupulosamente en todos los tiempos, según la cual la magia es esencialmente una ciencia de los nombres secretos. Toda cosa, todo ser tiene de hecho, 

más allá de su nombre manifiesto, un nombre escondido, al cual no puede dejar de responder. Ser mago significa conocer y evocar este archinombre. De allí, las interminables listas de nombres -diabólicos o angélicos- con los cuales el nigromante se asegura el dominio sobre las potencias espirituales. El nombre secrero es para él sólo el símbolo de su poder de vida y de muerte sobre la criatura que lo lleva.

Pero hay orra tradición, más luminosa, según la cual el nombre secrero no es tanto la cifra de la servidumbre de la cosa a la palabra del mago como, sobre todo, el monograma que sanciona su liberación del lenguaje. El nombre secreto era el nombre con el cual la criatura era llamada en el Edén y, pronunciándolo, los nombres manifiestos, toda la babel de los nombres, cae hecha pedazos. Por esto, según la doctrina, la magia llama a la felicidad. El nombre secreto es, en realidad, el gesto con el cual la criatura es restituida a lo inexpresado. En última instancia, la magia no es conocimiento de los nombres, sino gesto: trastorno y desencantamiento del nombre. Por eso el niño nunca está tan contento como cuando inventa una lengua secreta. Pero su tristeza no proviene tanto de la ignorancia de los nombres mágicos como de su dificultad para deshacerse del nombre que le ha sido impuesto. No bien lo logra, no bien inventa un nuevo nombre, tiene en sus manos el salvoconducto que lo lleva a la felicidad. Tener un nombre es la culpa. La justicia es sin nombre, como la magia. Privada de nombre, beata, la criatura llama a la puerta del país de los magos, que hablan sólo con gestos.


Giorgio Agamben, Profanaciones

domingo, 29 de noviembre de 2009

Para Valeria


No están de más lo ojos. Son demasiados
pero también son muchos los nichos de la espuma,
el movimiento globular de la sangre, el movimiento,
Tales que nos descubrió de agua, una superficie calma,
tu gota abierta al tocarla...


Un jardín alzado desde un regajo: los pájaros
cantan una melodía aprendida de una caja
armónica que ha sonado de golpe.


Si no el parto, lo da la mano.
Si no la luz, la música.
Si no el dios, el otro.
Si no el engranaje, la tierra
con toda esa piedra adentro.
Si no el haz, el discurso.
Si no la sobrevienta, lo da la sófora jóven.
Si no un libro antiquísimo de China,
lo da el músculo, la estación...


También el fuego cabalga un lomo.
En el interior está el combustible
y nuestro ojo en la cerradura.
Prescindimos de párpado
y en lugar de ver al animal
vemos la fiesta.


El cuerno también es una cánula de la savia.
Después de muerto que sigue creciendo
cabello y uñas, después que sigue respirando...


Cuento una,
dos, tres
cuatro
estaciones
y ya estoy viejo de contar.
El polvo cuenta al polvo.
Cuento una, dos, tres,
la veces de cruzarte,
uno, dos, tres, cuatro los granos de arena,
el hartazgo que anuncia el milagro.


Espléndido el cuerpo recostado en el piso,
el disco grabado en Abbey Road que suena,
la mancha roja tras el vidrio verde,
el cigarrillo que frío busca apagar
las brasas encendidas,
espléndido el cuerpo abierto, los fluídos,
lo enunciable y lo no,
espléndida la cámara de los estudios de Abbey Road,
la palma extendida, el cristal que canta
como una lámpara y no se sabe desde dónde.


No esperes que se detenga el mar.
Tampoco les creas a quienes dicen
que va a hervir pero no está mal
estarse precavido ante la mansedumbre.
No hagas caso de la población.
Arrancate los ojos antes del nistagmo.


Conversan sístole y diástole:

- ¡Qué culpa me echo de haber volado al pájaro!
- ¡Qué culpa me echo de haber volado al pájaro!

Pasa un tren de óxido.

- ¿Habrá sentido las larvas?
- ¿Que quería descascararnos?

Pasa un tren de óxido

- ¿A qué cabeza le bombean las ballenas
la sal sangrante del océano?

Pasa un tren de óxido: en sus chimeneas nada
puede anidar.


Inclinan los cogotes.
Nacen desde un tálamo, la grieta
se genera en la tierra por voluntad
de la tierra. No suben buscando luz
pues la luz está en todas partes.
 

Observó Heráclito que ha venido ¿sabes?
lo noté decrépito con todos esos cálculos
periódicos grabados en la retina.


Ah, de tu vientre
esta constelación viva.
Un reflejo de apiñarse
y marchar como el hierro,
panza con hombro, muslo con cabeza:
esta constelación viva y jadeante,
encendida y fósil
para los telescopios.


Una barca flota:
es bueno verla a la par de ruiseñores
lentamente irse como un globo paseando
por el mundo.
Cada reflexión del agua brilla
con una gama distinta del desmembrado.


Ya no se puebla de flores. Apenas
nacen unas pocas y maduran
y tienen recién sus órganos
cuando termina la floración.
Se fue el verano. Los árboles verdes
a pesar.


Y sentenció:
que el alimento
de las aves rapaces sean los muertos.

Y que los árboles naczcan del nife
al igual que tus manos y que se les niegue escuchar
cuentos al salir de la sombra.

La aldea del héroe.

¡Montañas separarán el mundo y no abismos!

¡Océanos! Para que muy profundo
no se sepa que llueve.



Dialogan
moviendo las cabezas en torno al fuego.
Las alejan un poco, apartan los ojos
de las esporas del fuego.
Ya empezó a abrirse el río: el comienzo
de una riqueza incomparable.
Se convencen a comportarse como el limo,
con los ojos prendidos de esporas
al placer de acarrearse.


Buscan la diadema.
Un altar derrama una vertiente
y es el encuentro
entre vertiente y lomo
la primera y única concepción.


Al jardín medirlo con pies
de lado a lado: si es de cabeza de alfiler
con pasos cortados; si es de líquidos
con diminutos pasos; si es anchura
con estaciones, átomos del tiempo,

medirlo abierto.


Juan E. Linares

lunes, 16 de noviembre de 2009

And the days are not full enough


And the days are not full enough
And the nights are not full enough
And the life slips by like a field mouse
Not shaking the grass.


Ezra Pound, Lustra

jueves, 5 de noviembre de 2009

La Ley se parece al amor

La Ley, dicen los jardineros, se parece al sol,
la Ley es lo único
que todos los jardineros obedecen,
mañana, ayer y hoy.

La Ley es la sabiduría del anciano,
la débil regañina del abuelo impotente;
los nietos le enseñan su lengua atiplada,
la Ley son los sentidos de los jóvenes.

La Ley, dice el cura con mirada sacerdotal
explicándola a una gente poco piadosa,
la Ley son las palabras de mi misal,
la Ley son mi púlpito y mi campanario.
La Ley, dice el juez mientras mira hacia abajo,
hablando con claridad y con severidad,
la Ley es lo que antes os he dicho,
supongo que ya sabéis qué es la Ley,
pero dejadme que lo explique una vez más:
la Ley es la Ley.

Sin embargo, los eruditos que cumplen la Ley
escriben que esta no es mala ni buena,
la Ley sólo son crímenes
castigados por los lugares y las épocas,
la Ley es como la ropa de la gente
en cualquier lugar y época,
la Ley es Buenos días y Buenas noches.

Otros dicen que la Ley es nuestro destino;
otros dicen que la Ley es nuestro Estado;
otros dicen y dicen
que ya no hay Ley,
que se ha terminado.

Y siempre la multitud enfadada,
muy enfadada y ruidosa,
la Ley somos Nosotros,
y siempre el tonto y baboso Yo.

Amigo, si nosotros sabemos que ya no
sabemos más de la Ley que los demás,
si yo no sé más que tú
lo que debemos hacer y lo que no,
salvo lo que todos aceptan
de buena o de mala gana,
o sea, que la Ley existe,
y que todos los saben,
y si por ello es absurdo
identificar la Ley con otra palabra,
a diferencia de tantos hombres
no puedo repetir que la Ley existe,
e igual que ellos tampoco debemos reprimir
el deseo universal de conocerla
o abandonar nuestra posición
por la simple despreocupación.
Aunque al menos puedo reducir
tu vanidad y la mía
a decir con timidez
que existe una vaga similitud,
en todo caso diremos con orgullo:
se parece al amor.

Al amor que nunca sabemos dónde ni cómo,
al amor que no podemos dominar ni liberar,
al amor que a veces nos hace llorar,
al amor que casi nunca cumplimos.

W. H. Auden, 1939.


Por favor lean la versión original que es muy superior a esta traducción que encontre por ahí:

http://www.boothill.ca/goatwrrld/w_h_auden.html