Brotaron los árboles que derribó la tormenta,
de la raíz apuñalada en la tierra sangrante
brotó el cuerpo universal y etéreo,
(quizá no lo veamos)
hasta de la leña
de los álamos
brotaron alas verdes
recortadas en sierra, en estrella.
Ya no vale la palabra muerte
y la palabra es un camafeo
para quien la trabaja,
si la palabra viene embebida en mieles
del panal del cráneo hueco,
si la palabra es pintura del insecto,
si la palabra es agua
que chorrea de la boca
hasta tu sexo
brotaron las colas cortadas de los dragones,
brotaron lunares y soles en la galaxia del espejo,
brotó una lágrima del corazón blando
y saliva de la encía seca al probarla los labios
brotaron los árboles que derribó la tormenta,
el claro es bosque y el bosque es claro
donde el aquelarre se oculta entre abrazos de sombra,
donde se esquirla el trino en resina rojiza,
donde duerme el ogro en un ombú vacío
tras un portal de trepadoras, de sierpes, de bejucos...
Brotó la ola del océano profundo,
la música celeste del campanario oxidado,
la nube temporal del tren que se aleja,
el jazmín del cuerpo muerto...
Brotó el agua de la piedra ante la sed de la estrella
y, en el desierto de mis manos, un alfanje tibio.
En él silba el viento, no refleja mis ojos,
es dorado, parece un signo de interrogación,
(brotó la sangre del filoso acero)
una pregunta sangrando por la empuñadura
bajando por el pescuezo del viento...
miércoles, 13 de noviembre de 2013
El gigante de ojos azules - Nazim Hikmet
Un gigante de ojos azules
amaba a una mujer pequeña
cuyo sueño era una casita
pequeña, como para ella,
que tuviera al frente un jardín
con temblorosas madreselvas.
El gigante amaba en gigante.
Su mano, a grandes obras hecha,
mal podía construir muros
ni usar el timbre de la puerta
de una casita con jardín
de temblorosas madreselvas.
El gigante de ojos azules
amaba a esa mujer pequeña
que pronto se cansó, mimosa,
de tan desmesurada empresa
que no concluía en un jardín
con temblorosas madreselvas.
Adiós, ojos azules, dijo.
Y, con graciosa voltereta,
del brazo de un enano rico
penetró en la casa pequeña
que tenía al frente un jardín
con temblorosas madreselvas.
El gigante comprende ahora
que amores de tanta grandeza
no caben ni siquiera muertos
en esas casas de muñeca
que al frente tienen un jardín
con temblorosas madreselvas.
NAZIM HIKMET (1902-1965)
amaba a una mujer pequeña
cuyo sueño era una casita
pequeña, como para ella,
que tuviera al frente un jardín
con temblorosas madreselvas.
El gigante amaba en gigante.
Su mano, a grandes obras hecha,
mal podía construir muros
ni usar el timbre de la puerta
de una casita con jardín
de temblorosas madreselvas.
El gigante de ojos azules
amaba a esa mujer pequeña
que pronto se cansó, mimosa,
de tan desmesurada empresa
que no concluía en un jardín
con temblorosas madreselvas.
Adiós, ojos azules, dijo.
Y, con graciosa voltereta,
del brazo de un enano rico
penetró en la casa pequeña
que tenía al frente un jardín
con temblorosas madreselvas.
El gigante comprende ahora
que amores de tanta grandeza
no caben ni siquiera muertos
en esas casas de muñeca
que al frente tienen un jardín
con temblorosas madreselvas.
NAZIM HIKMET (1902-1965)
martes, 12 de noviembre de 2013
Dejé muy poco...
Dejé muy poco a la imaginación,
abrí mi boca descaradamente,
sin cara detrás, una boca esgrimiendo
palabras y palabras aferradas
a una valva para mí no revelada.
Por la distinta iluminación
(entre acto y acto fui perdido)
intuyo que también hice abuso del aire
y lo que era una virtud para hincharse
rechoncho de silencios
lo estallé con alfileres
del costurero de mis ojos.
El domingo, paseando por la feria,
entre higos y castañas, orejones y demás
abrillantadas frutas secas
encontré mi corazón
tan parecido al de las nueces.
abrí mi boca descaradamente,
sin cara detrás, una boca esgrimiendo
palabras y palabras aferradas
a una valva para mí no revelada.
Por la distinta iluminación
(entre acto y acto fui perdido)
intuyo que también hice abuso del aire
y lo que era una virtud para hincharse
rechoncho de silencios
lo estallé con alfileres
del costurero de mis ojos.
El domingo, paseando por la feria,
entre higos y castañas, orejones y demás
abrillantadas frutas secas
encontré mi corazón
tan parecido al de las nueces.
martes, 29 de octubre de 2013
RUBAIES – NAZIM HIKMET
Era real el mundo que veías, Djelaleddin, y no quién sabe
qué quimera.
Era inmenso, no creado ni esbozado por quién sabe qué causa
primera.
La más bella cuarteta salida de tu carne, de tu boca,
no es aquella que empieza: “La imagen no es sino una sombra.”
Mi alma es el reflejo del mundo circundante.
Sin él, ella no existe y no maduraría ningún otro secreto.
La imagen de lo real más lejana y más próxima,
es la belleza de mi bien amada, cuya luz yo reflejo.
No es posible abrazar la íntima imagen que conservo de ti.
Decir que, sin embargo, tú estás en carne y hueso, allá, en
mi ciudad.
Reales son tus grandes ojos, tu boca roja cuya miel me prohíben,
tu abandono de lengua rebelde y tu blancura que mi labio no
alcanza.
Un buen día, la imagen de mi amada
me dijo, desde el fondo del espejo: “Existo yo, no ella.”
De un golpe, rompí el cristal y se acabó la imagen.
Mi amada está allá lejos, en tanto, sana y buena.
Ella me abrazó y me dijo: “Estos labios son reales como el
mundo.
Este aroma lo exhalan mis cabellos, no tu imaginación.
Aun cuando los ciegos no las vean, las estrellas existen:
míralas en el cielo o en mis ojos.”
Cada día más próxima la hora de partir:
—¡Adiós, querida Tierra!
y ¡Buen día,
Universo!
Tus ojos son panales desbordantes de miel.
Tus ojos, mejor dicho, desbordantes de sol.
Tus ojos, amor mío, se llenarán de tierra,
y habrá nuevos panales desbordantes de miel.
Ni de luz.
Ni de barro,
pero en la misma pasta se amasaron
mi querida, su gata y la azulina perla que usa su cuello.
Llena tu cráneo de vino —dijo Khayyam— antes que se llene de
tierra.
Y el hombre de los zapatos rotos, dijo, pasando ante el jardín de
rosas:
“En este mundo que promete más trigo que estrellas, tengo hambre.
Tú hablas de vino y mi dinero no alcanza ni para comprar pan.”
“La vida pasa: goza del momento, antes de entrar en el sueño sin
sueños.
Es el alba, muchacho: vierte vino en la copa de cristal.”
El joven despertó en su pobre cuarto, glacial y sin cortinas:
sonaba la sirena de la fábrica, despiadada para el menor retardo.
Se es tu partidario
o tu enemigo.
A veces se te olvida, como si nunca hubieras existido
y a veces no se piensa más que en ti.
Yo, el locutor, hablaba
con voz grave y desnuda cual grano de cereal:
—“Yo doy la hora de mi corazón:
sonará el gong al alba.”
Poco a poco amanece.
Va aclarándose el mundo como el agua que abandona su limo.
De pronto, tú, querida, y estamos frente a frente:
claridad, claridad, claridad infinita.
Día de invierno, limpio, transparente, de vidrio.
Morder la carne pura, blanca de una manzana.
Quererte, amada mía, se parece a la dicha
de aspirar hondo el aire bajo un bosque de pinos.
Quizás no nos quisiéramos tanto, a lo mejor,
si nuestras almas no se vieran así, desde tan lejos.
A lo mejor no estaríamos tan próximos, quizás,
si el destino no nos hubiera separado.
Así es, canario mío, entre tú y yo
la diferencia apenas es de grados:
tú tienes alas y no puede volar,
yo tengo manos y no puedo pensar.
Concluye, dirá un día nuestra madre Natura,
concluye de reír y llorar, criatura.
Y de nuevo será la vida inmensa
que no ve, que no habla, que no piensa.
viernes, 7 de junio de 2013
El álbum - Wisława Szymborska
Nadie en mi familia murió de amor.
Romances sí hubo, no cosa seria.
¿Tísicos Romeos? Julietas con difteria?
No. Alcanzaron la vejez en flor.
¡Ni uno murió de cartas sin respuesta,
con letra por las lágrimas borrosa!
Llegaban vecinos, traje de fiesta,
con anteojos, levita y una rosa.
Nadie se asfixió dentro de un armario
por huir de maridos de sus amantes.
Faralaes, mantillas ni volantes
echaron a nadie de la foto por falsario.
¡Cuan lejos sus almas del infierno del Bosco!
Sus pistolas no defendían amores furtivos.
(Morían a balazos, mas por otros motivos,
en el frente, en un catre bien tosco.)
Ni la bella, la del moño vistoso,
con ojeras como de bacanal,
partió a vela en pos de un joven fogoso
por el mar de su hemorragia cerebral.
Antes del daguerrotipo quizás hubo amor de veras,
pero no en las fotos de mi familia.
Los días tenían tempo de vigilia
y ellos morían de gripe o de paperas.
Romances sí hubo, no cosa seria.
¿Tísicos Romeos? Julietas con difteria?
No. Alcanzaron la vejez en flor.
¡Ni uno murió de cartas sin respuesta,
con letra por las lágrimas borrosa!
Llegaban vecinos, traje de fiesta,
con anteojos, levita y una rosa.
Nadie se asfixió dentro de un armario
por huir de maridos de sus amantes.
Faralaes, mantillas ni volantes
echaron a nadie de la foto por falsario.
¡Cuan lejos sus almas del infierno del Bosco!
Sus pistolas no defendían amores furtivos.
(Morían a balazos, mas por otros motivos,
en el frente, en un catre bien tosco.)
Ni la bella, la del moño vistoso,
con ojeras como de bacanal,
partió a vela en pos de un joven fogoso
por el mar de su hemorragia cerebral.
Antes del daguerrotipo quizás hubo amor de veras,
pero no en las fotos de mi familia.
Los días tenían tempo de vigilia
y ellos morían de gripe o de paperas.
Paisaje - Wisława Szymborska
En el paisaje del antiguo maestro
los árboles tienen raíces bajo el óleo,
el sendero conduce de verdad a su final,
una brizna de hierba sustituye majestuosa a la firma,
son las cinco de la tarde fidedignas,
detenido, suave mas firme, el mes de mayo,
y yo le imito y hago un alto: sí, querido,
aquella mujer de debajo del fresno soy yo.
Mira cómo me he alejado de ti,
qué cofia blanca llevo y qué falda amarilla,
cómo agarro el canasto para no caer fuera del cuadro,
cómo paseo por el destino de otro
y descanso de los secretos vivos.
Aunque me llames, no te oiré,
si te oigo, no me giraré,
y si hiciera ese imposible gesto,
no reconocerías mi cara.
Conozco el mundo a seis leguas a la redonda.
Conozco las hierbas, sé conjurar males.
Dios aún posa su mirada en mi coronilla.
Sigo rezando por una muerte no repentina.
La guerra es un castigo y la paz un premio.
Los sueños vergonzosos son obra de Satanás.
Mi alma es tan cierta como el hueso de una ciruela.
No conozco los juegos del corazón.
No conozco la desnudez del padre de mis hijos.
Lejos de mí sospechar que el Cantar de los Cantares
sea un confuso borrador con tachaduras.
Cuanto quiero decir está en las frases hechas.
No abuso de la desesperación porque no es mía,
sólo la guardo en depósito y por un tiempo entre mis manos.
Aunque me atajes el camino,
aunque me mires a los ojos,
pasaré ante ti bordeando el abismo por una senda no menos angosta que un cabello.
A la derecha está mi casa que conozco palmo a palmo,
con la escalera y la puerta de entrada,
donde acontecen historias aún no pintadas:
un gato se sube de un salto a un banco,
un rayo de sol hiere una jarra de estaño,
hay un hombre huesudo sentado a la mesa:
repara un reloj.
Wisława Szymborska, 1967
los árboles tienen raíces bajo el óleo,
el sendero conduce de verdad a su final,
una brizna de hierba sustituye majestuosa a la firma,
son las cinco de la tarde fidedignas,
detenido, suave mas firme, el mes de mayo,
y yo le imito y hago un alto: sí, querido,
aquella mujer de debajo del fresno soy yo.
Mira cómo me he alejado de ti,
qué cofia blanca llevo y qué falda amarilla,
cómo agarro el canasto para no caer fuera del cuadro,
cómo paseo por el destino de otro
y descanso de los secretos vivos.
Aunque me llames, no te oiré,
si te oigo, no me giraré,
y si hiciera ese imposible gesto,
no reconocerías mi cara.
Conozco el mundo a seis leguas a la redonda.
Conozco las hierbas, sé conjurar males.
Dios aún posa su mirada en mi coronilla.
Sigo rezando por una muerte no repentina.
La guerra es un castigo y la paz un premio.
Los sueños vergonzosos son obra de Satanás.
Mi alma es tan cierta como el hueso de una ciruela.
No conozco los juegos del corazón.
No conozco la desnudez del padre de mis hijos.
Lejos de mí sospechar que el Cantar de los Cantares
sea un confuso borrador con tachaduras.
Cuanto quiero decir está en las frases hechas.
No abuso de la desesperación porque no es mía,
sólo la guardo en depósito y por un tiempo entre mis manos.
Aunque me atajes el camino,
aunque me mires a los ojos,
pasaré ante ti bordeando el abismo por una senda no menos angosta que un cabello.
A la derecha está mi casa que conozco palmo a palmo,
con la escalera y la puerta de entrada,
donde acontecen historias aún no pintadas:
un gato se sube de un salto a un banco,
un rayo de sol hiere una jarra de estaño,
hay un hombre huesudo sentado a la mesa:
repara un reloj.
Wisława Szymborska, 1967
lunes, 3 de junio de 2013
The Sparrow - William Carlos Williams
A mi padre
Este gorrión
que se ha posado en mi ventana,
más que un ser natural
es una verdad poética.
Todo lo atesta:
su voz,
sus movimientos,
sus costumbres,
el gusto
con que agita las alas
en el polvo-
cierto, lo hace
para espulgarse
pero el alivio que siente
lo impulsa
a piar con vehemencia:
algo
más cerca de la música
que de otra cosa.
Donde esté
al comenzar la primavera,
callejuela
o palacio,
prosigue
imperturbable
sus amoríos.
Empieza en el huevo,
el sexo es su genio:
¿hay presunción
más inútil,
mayor engreimiento
de nosotros mismos?
Algo que nos lleva,
casi siempre, a despeñarnos.
Ah, ni el gallipollo ni el cuervo
con sus voces desafiantes
sobrepasan
su piar
insistente.
Una vez
en El Paso,
hacia el anochecer,
vi (oí)
a diez mil gorriones.
Venían del desierto
a dormir.
Llenaron los árboles
de un parquecito.
Los humanos,
los oídos zumbándoles,
huyeron
bajo la lluvia de deyecciones.
Les dejaron libre el terreno
a los lagartos que viven en la fuente.
Su imagen
no es menos familiar
que la del aristocrático
unicornio -lástima
que haya menos acémilas
que coman avena:
eso le facilitaba la vida.
No importa:
su breve tamaño,
sus ojos aguzados,
su pico eficaz
y su truculencia
garantizan su supervivencia
-para no hablar
de su prole
innumerable.
Hasta
los japoneses lo conocen
y lo han pintado
con simpatía,
con profunda intuición
de sus más nimias
características.
Nada
menos sutil
que sus galanteos.
Se agacha
ante la hembra,
arrastra las alas,
valsa,
echa atrás la cabeza
y, al fin,
pega un alarido.
El impacto es terrible.
Su manera de limpiarse el pico
haciéndolo sonar
contra una tabla
es contundente.
Como todo
lo que hace.
Sus cejas cobrizas
le dan ese aire
de ser siempre
el ganador
-y sin embargo
yo vi, una vez,
a una de sus hembras,
perchada con determinación
en el borde
de un caño de agua,
cogerlo
por la coronilla de plumas
(para que no chillara)
trabarlo,
colgado de las calles,
hasta
que lo remachó.
Y todo eso
¿para qué?
Ella se mecía,
intrigada por su hazaña
ella misma.
Me reí con ganas.
Práctico hasta el fin,
lo que triunfó
al cabo
fue el poema
de su existencia:
un cepillo de plumas
aplastado en el pavimento,
las alas simétricamente
desplegadas, como en vuelo,
deshecha la cabeza,
el negro escudo de armas del pecho
indescifrable:
la efigie de un gorrión,
ya sólo seca oblea,
dejada ahí para decir
-y lo dice
sin ofensa,
hermosamente:
Ése fui yo,
un gorrión.
Hice lo que pude,
adiós.
WILLIAM CARLOS WILLIAMS
(VERSIÓN DE OCTAVIO PAZ)
Y acá en su versión original
The Sparrow
(To My Father)
This sparrow
who comes to sit at my window
is a poetic truth
more than a natural one.
His voice,
his movements,
his habits—
how he loves to
flutter his wings
in the dust—
all attest it;
granted, he does it
to rid himself of lice
but the relief he feels
makes him
cry out lustily—
which is a trait
more related to music
than otherwise.
Wherever he finds himself
in early spring,
on back streets
or beside palaces,
he carries on
unaffectedly
his amours.
It begins in the egg,
his sex genders it:
What is more pretentiously
useless
or about which
we more pride ourselves?
It leads as often as not
to our undoing.
The cockerel, the crow
with their challenging voices
cannot surpass
the insistence
of his cheep!
Once
at El Paso
toward evening,
I saw—and heard!—
ten thousand sparrows
who had come in from
the desert
to roost. They filled the trees
of a small park. Men fled
(with ears ringing!)
from their droppings,
leaving the premises
to the alligators
who inhabit
the fountain. His image
is familiar
as that of the aristocratic
unicorn, a pity
there are not more oats eaten
nowadays
to make living easier
for him.
At that,
his small size,
keen eyes,
serviceable beak
and general truculence
assure his survival—
to say nothing
of his innumerable
brood.
Even the Japanese
know him
and have painted him
sympathetically,
with profound insight
into his minor
characteristics.
Nothing even remotely
subtle
about his lovemaking.
He crouches
before the female,
drags his wings,
waltzing,
throws back his head
and simply—
yells! The din
is terrific.
The way he swipes his bill
across a plank
to clean it,
is decisive.
So with everything
he does. His coppery
eyebrows
give him the air
of being always
a winner—and yet
I saw once,
the female of his species
clinging determinedly
to the edge of
a water pipe,
catch him
by his crown-feathers
to hold him
silent,
subdued,
hanging above the city streets
until
she was through with him.
What was the use
of that?
She hung there
herself,
puzzled at her success.
I laughed heartily.
Practical to the end,
it is the poem
of his existence
that triumphed
finally;
a wisp of feathers
flattened to the pavement,
wings spread symmetrically
as if in flight,
the head gone,
the black escutcheon of the breast
undecipherable,
an effigy of a sparrow,
a dried wafer only,
left to say
and it says it
without offense,
beautifully;
This was I,
a sparrow.
I did my best;
farewell.
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