lunes, 7 de abril de 2014

Antes que el tiempo los cambiara - Kavafis (1863 - 1933)

Se sintieron afligidos            por la separación.
No la habían querido           fueron las circunstancias.
Necesidades vitales            obligaron a uno de ellos
a irse lejos                          Nueva York o Canadá.
Su amor, ciertamente          no era el mismo de antes:
la atracción poco a poco     había disminuido,
la atracción grandemente     había disminuido.
Pero la separación              no la habían querido.
Fueron las circunstancias    O, quizá, como un artista,
apareció el Destino,            separándolos antes
que muriera el amor,           antes que los cambiara el tiempo.
El uno para el otro              será siempre el que había sido:
el apuesto muchacho           de veinticuatro años.


C. Kavafis

PARA FORTALECERSE - Kavafis (1863-1933)

Quien desee fortalecer su espíritu
tendrá que ir más allá del respeto y la sumisión.
Tendrá que acatar algunas leyes,
pero, en general, tendrá que violar
tanto las leyes como las costumbres e ir más allá
de las normas aceptadas e insuficientes.
Mucho le enseñarán los placeres sensuales.
No habrá de temer al acto destructivo:
la mitad de la casa tendrá que derrumbarse.
Así alcanzará virtuosamente la sabiduría.

martes, 28 de enero de 2014

dicen - Juan Esteban Linares




Que me están haciendo mal los alcoholes
y el aroma marchitado de la gente,
que huele mal el humo tras mis dientes
filtrándose como un gato
en el aire con su estrella de cinco puntas,
 de vapor, de plomo rápido…

Que me revolqué entre las hormigas y las colillas
y los gallos estuvieron en mi alba picando maíz negro.
 Es probable –mi sueño, perdido como un olivo inalcanzable,
como la higuera que no tuve.
¿Por qué no entran a mi cuarto
un día, una mañana
a besar el loto de mis vasos,
a besar la flor de las paredes?

Quizá por miedo al infierno,
a los tirantes de la cama,
a las sienes de un demonio,
a la órbita limpia entre las cejas desatadas.

He visto el sol detrás del párpado
y a los ojos despejarse
en el iris del día. Y dicen, me han visto,
fumando el hematoma del ocaso,
o quemándome las pestañas con el chispero
de una conífera.
He visto un sol lagrimal fulgurar
en la mañana de los pómulos
un pomelo verde, un llanto plañidero,
un parto, una lágrima…
Y dicen que estuve muerto
como el vino en la barbilla del anciano
y que olvidé en la clepsidra
la dignidad de mis manos y mi futuro…

desventura - Juan Esteban Linares




En tu paciencia indiferente
tejes tu maqueta de luces, tus rutas de alambre,
el descanso último y la oración primera,
en tu paciencia indiferente
voy desesperándome
como un amante que ve morir su amante
como un niño viendo morir la madre.
Cuelga de la estrella blanca un jirón de sangre.
Es el tiempo estirándose como una serpiente.
Es el veneno del tiempo llamando al abismo
y el abismo acudiendo prestante.
¿Qué es el tiempo? ¿Silencio? ¿Ausencia?
Somos los continentes sepultos,
o la flor que nace en la falla de aquel puente,
soy una campana de huesos
blandida en la tarde de las guerras silenciosas.
Soy la música de la estrella muda
en su cauce de luz, en su diapasón dorado.
Como la leche de la muerte,
desde el horizonte te alzas
apagando las estrellas
con tu mano lejana, con el cuenco
de tu mano repleto de lágrimas.
Saber que muero para abrir los ojos
de las tumbas en la tierra.
Y que mi corazón irá a buscarte
ensillado en su cangrejo de rocas,
para labrar en tus ojos, otros ojos del misterio.
Oculto en las almenas yaceré sin cuerpo.
¿Había una flor en los abismos,
impregnada de distancia,
quebrada entre tu mano y mi mano,
Bífida entre tu planta y mi planta?
Mis lágrimas suben, vuelan altas,
hasta incendiarse en la cúpula iridiscente
de las cimas. Caigo en caída libre
hasta enredarme en la flor carnívora,
en la dentadura doble de los tiburones rojos
que eludirán mi sangre repelente.
Adiós mi diosa, mi Gorgona, mi incierta.
El agua del espejo se ha estancado
entre las cerradas puertas de la galaxia.
Una sombra tibia de pulular ranas
se ha tendido entre las cerradas puertas
del desierto. Nos alejamos como opuestos trenes minerales,
con un cansancio plomizo de vagones
hacia las laderas bárbaras.
 ¿Has enviado tú este pájaro
enfermo? ¿No sabías que enferman
entre los polos estas aves de viento?
¿Has enviado tú este puñado
de hojas blancas?
 Sé que no ves el torso del viajero
desnudo y solo frente a la aljaba de alba.
Se despiden de nosotros los perros, los amigos
testigos de nuestro lazo de ceniza,
los traductores de lenguas muertas,
los símbolos fatales de las huellas, los anillos
y la sangre mínima que celosamente
custodió en su jaula coagulosa
el ciego insecto de nuestra desventura.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Brotaron los árboles que derribó la tormenta...

Brotaron los árboles que derribó la tormenta,


de la raíz apuñalada en la tierra sangrante
brotó el cuerpo universal y etéreo,
(quizá no lo veamos)
hasta de la leña
de los álamos
brotaron alas verdes
recortadas en sierra, en estrella.
Ya no vale la palabra muerte
y la palabra es un camafeo
para quien la trabaja,
si la palabra viene embebida en mieles
del panal del cráneo hueco,
si la palabra es pintura del insecto,
si la palabra es agua
que chorrea de la boca
hasta tu sexo
brotaron las colas cortadas de los dragones,
brotaron lunares y soles en la galaxia del espejo,
brotó una lágrima del corazón blando
y saliva de la encía seca al probarla los labios
brotaron los árboles que derribó la tormenta,
el claro es bosque y el bosque es claro
donde el aquelarre se oculta entre abrazos de sombra,
donde se esquirla el trino en resina rojiza,
donde duerme el ogro en un ombú vacío
tras un portal de trepadoras, de sierpes, de bejucos...

Brotó la ola del océano profundo,
la música celeste del campanario oxidado,
la nube temporal del tren que se aleja,
el jazmín del cuerpo muerto...

Brotó el agua de la piedra ante la sed de la estrella
y, en el desierto de mis manos, un alfanje tibio.
En él silba el viento, no refleja mis ojos,
es dorado, parece un signo de interrogación,
(brotó la sangre del filoso acero)
una pregunta sangrando por la empuñadura
bajando por el pescuezo del viento...

El gigante de ojos azules - Nazim Hikmet

Un gigante de ojos azules
amaba a una mujer pequeña
cuyo sueño era una casita
pequeña, como para ella,
que tuviera al frente un jardín
con temblorosas madreselvas.

El gigante amaba en gigante.
Su mano, a grandes obras hecha,
mal podía construir muros
ni usar el timbre de la puerta
de una casita con jardín
de temblorosas madreselvas.

El gigante de ojos azules
amaba a esa mujer pequeña
que pronto se cansó, mimosa,
de tan desmesurada empresa
que no concluía en un jardín
con temblorosas madreselvas.

Adiós, ojos azules, dijo.
Y, con graciosa voltereta,
del brazo de un enano rico
penetró en la casa pequeña
que tenía al frente un jardín
con temblorosas madreselvas.

El gigante comprende ahora
que amores de tanta grandeza
no caben ni siquiera muertos
en esas casas de muñeca
que al frente tienen un jardín
con temblorosas madreselvas.


NAZIM HIKMET (1902-1965)

martes, 12 de noviembre de 2013

Dejé muy poco...

Dejé muy poco a la imaginación,
abrí mi boca descaradamente,
sin cara detrás, una boca esgrimiendo
palabras y palabras aferradas
a una valva para mí no revelada.

Por la distinta iluminación
(entre acto y acto fui perdido)
intuyo que también hice abuso del aire
y lo que era una virtud para hincharse
rechoncho de silencios
lo estallé con alfileres
del costurero de mis ojos.

El domingo, paseando por la feria,
entre higos y castañas, orejones y demás
abrillantadas frutas secas
encontré mi corazón
tan parecido al de las nueces.